El Pico Gilbo (1.679 m.) está situado entre las localidades de Riaño y Horcadas dentro del, designado así desde 2019, Parque Regional Montaña de Riaño y Mampodre, en la provincia de León.

Se trata de una mole piramidal de piedra caliza que posee unas vista espectaculares sobre el Embalse de Riaño y las montañas de su entorno. Esta rodeado por pastizales, bosques de hayas y robles albares, y está considerada una de las ascensiones más bonitas de la provincia leonesa. La cara norte es una escabrosa pared vertical, aparentemente inaccesible, pero cuya subida en verano no ofrece dificultades notables. Hacia el norte, separados por la Collada Bachende, se encuentra su hermano menor Cueto Cabrón (1.539 m), de ascensión más complicada. E indicar que el Gilbo posee además un par de crestas, desde oriente y occidente, que son muy codiciadas por los alpinistas.

A pesar de no ser la de mayor altitud de la zona — el Pico Pandián (2.009 m.) o la Peña las Pintas (1.983 m.) son más elevadas —, es su cima más característica y, sin duda, la más fotografiada. Visto desde el Este, desde Riaño, la montaña recuerda la forma del famoso Matterhorn (4.478 m.), visto desde Zermatt, por lo que al monte se lo conoce también como el «Cervino leonés«.

Esta característica hace que esté considerada «oficialmente» uno de los «tres Cervinos» españoles, junto al Peñamellera (Asturias), de 765 m., y el Txindoki (Guipuzcoa), de 1.346 m.

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Localización: Riaño

Tipo de Ruta: Montañismo

Longitud: 7 kms (ida y vuelta)

Duración: 3 h. y 30 min.

Época recomendada: Primavera a otoño

Dificultad MIDE:  →

Equipación mínima: Bastón, mochila, botas de trekking y agua. (más info…)

Ruta GPS: Pico Gilbo

Recomendaciones:

  • No hay agua potable en el recorrido y aunque el recorrido no es largo, si es exigente; por lo que conviene llevar 1l o 2l de agua en la mochila.
  • La ruta no reviste dificultades técnicas, pero algunos pasos tienen cierto «patio» por lo que conviene asegurarse con las manos e ir pegado a la pared; y no realizar la ruta si se tiene algo de vértigo.
  • En otoño, el recorrido por el hayedo es de especial belleza; pero, en cualqiu9ier caso, hasta llegar a la base rocosa del Gilbo, conviene no distraerse con las innumerables veredas que se dispersan por las praderas o dicho bosque.

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El día de ayer ha resultado bastante raro y agotador.

Reconozco que me despierto cansado y ya sin unas ganas especiales de intentar subir hasta lo más alto del Gilbo

Esta salida (originalmente planeada para dos días) debería haber empezado en realidad por la consecución de la ascensión a lo más alto de los Picos de Urbión, en Soria; pero cuando «aterricé» ayer en las proximidades de la Laguna Negra, se me indicó que todo el camino de acceso estaba en obras y que el acceso estaba prohibido, por lo que tuve que adelantar mis planes y dirigirme directamente hasta aquí. ¿Cómo poder prever esto?

Al final… un total de siete horas de coche, de Madrid a Soria y de Soria a León, para terminar por atravesar en la más absoluta oscuridad el Embalse de Riaño hacia una negrura que, reconozco, por un momento me resultó sobrecogedora. Tan solo pude acertar a ver la silueta de mi objetivo a lo lejos, desde la carretera; y, al llegar, con tantas horas de camino encima más las sombras de la noche envolviéndome… reconozco que me pudo un poco el desánimo

Amanece frío.

Me pertrecho al tiempo que me doy cuenta que la niebla está por caer sobre todo el terreno que cubre el embalse. No tengo muy claro si acabaré subiendo hasta arriba, pero abandono el pequeño aparcamiento situado al final del puente y que me ha servido de campamento, para adentrarme en la pista forestal marcada con señalética amarilla y blanca del PR-LE 52

La niebla me cubre el objetivo y solo la luna sobresale por encima de estas nubes bajas; el inesperado frío, además, me hace volver a dudar de si darme la vuelta o no. No estoy físicamente cansado, pero el día de ayer fue durillo por inesperado y mi cabeza no está donde debe.

No obstante sigo recto por la pista hasta que por fin veo un claro sendero que me llevará a introducirme en el hermoso hayedo que puebla estas laderas de la montaña.

Al contacto con el bosque, y a pesar que desde aquí se empieza a ganar desnivel de forma acusada, mis ánimos mejoran.

Resulta increíble lo reparadora que puede resultarme la naturaleza.

El sendero aquí ya no cuenta con marcas PR, pero tampoco tiene mucha pérdida a pesar de visualizar de vez en cuando veredas que se separan del camino principal. Tan solo hay que seguir hacia arriba… siempre hacia arriba dejando a tu vera árboles retorcidos y silenciosos que bien podrían ser el hogar de duendes y «trasgus».

Al poco de sobrepasar una fuente que, no se si por la época del año o por qué razón, ahora mismo se encuentra seca, llego finalmente a los pastizales que me dejan ver por fin la silueta rocosa completa de mi objetivo final.

Pensaba que caminaría entre la niebla incluso aquí pero, sin haberme dado cuenta, apenas la he notado y ha ido quedando por debajo de mi.

En esta zona el camino se pierde un poco. Me consta que tiene que haber una trocha que sube directamente desde la salida del bosque hacia el collado que separa el Gilbo de la Peña Sarnosa (1.466 m.); pero no lo localizo.

Así, sigo ascendiendo recto hacia un vallado que separa este terreno de los pastos de la localidad de Horcadas. Aquí encuentro una senda, algo cubierta por la vegetación pero bastante clara, que me conduce hacia las inmediaciones del collado que me dará acceso a la cara norte de la montaña.

Cada vez me voy encontrando mejor, y aunque la ascensión es durilla porque el desnivel no te proporciona descanso, abandono el frescor de la hierba para adentrarme en el reino de la caliza.

Alguna roca suelta no me impide llegar hasta el collado y tener la oportunidad de contemplar un paisaje que, por un momento me sobrecoge por su belleza imprevista.

La niebla puede modificar un paisaje de formas increíbles.

Me permito un momento para contemplar este sobrecogedor paisaje y olvidar todo el cansancio acumulado de ayer o de los pasos que me han traído hasta aquí.

A mi izquierda, hacia el norte, veo las grandes alturas de los Picos de Europa. A mi derecha… la imponente silueta del Espigüete (2.450 m.), que me ha acompañado desde mi salida del hayedo y me observará hasta la cumbre. Esa mole es una deuda que tengo pendiente…

Tras reponer un poco de agua, me giro y observo el camino que me queda por delante. El camino es claro y evidente, y aunque no lo fuera los hitos me llevarían hasta arriba.

Dejo tras de mi unos pequeños árboles e inicio la empinada ascensión (una a la que las fotos no le hacen justicia).

El devenir aquí ya no revestirá su dureza solo en las piernas… sino también en la cabeza. Sin poseer unas condiciones especialmente técnicas o unos «patios» muy acusados, el desnivel que vas ganando y las resbaladizas laderas que intuyes a tu derecha hacen más mella en tu ánimo que cualquier otro aspecto.

En algunos puntos el firme está lleno de roca suelta o de arena posada sobre roca lavada por el agua o el paso de los montañeros, por lo que el caminar ha de hacerse con bastante precaución y a sabiendas de cuales son nuestras posibilidades.

Si apoyamos el bastón del lado de la caída y nos vamos pegando a la pared, no deberíamos tener dificultades en el avance. No obstante, no es un camino para aprensivos y es mejor darse la vuelta si no se ve claro.

De hecho, hay un momento en que (al ir solo y tras todo el desaliento acumulado ayer) mi mente se bloquea.

Ha habido un par de puntos en los que he tenido que «echar las manos» para progresar, pero nada que revista problemas serios. Pero llego a un estrechamiento del camino que termina en una pequeña «chimenea» en donde la cabeza me juega una mala pasada y me encuentro reconociéndome a mi mismo que, quizás, puede haber llegado el fin de mi aventura.

La niebla se disipa bajo de mi. Pero estoy cansado y los momentos de primera hora de la mañana en donde la pereza me susurraba las pocas ganas que debería tener ya de subir, me asaltan de nuevo.

Sin embargo, la montaña no es solo paisaje, camino o deporte… también es superación. Y tengo suficiente experiencia como para sobreponerme a esta bobada y seguir adelante. No es la primera vez que trepo entre rocas, con una «curiosa» caída a mis pies. Lo llevo haciendo desde niño. Y aquí no me encontrado (ni me encontraré) nada que, por ejemplo, supere al paso clave de otro de esos «Cervinos españoles»… el Peñamellera, o al famoso Paso de Mahoma en el Aneto; ambos salvados en su día sin mayores consecuencias.

Así, supero ese instante de debilidad y sigo adelante hasta llegar a la canal que me dará acceso al fin a la cumbre.

En este recorrido hay que prestar atención al apoyo de los pies ya que nos encontraremos también bastante roca suelta y arenilla que nos podrá hacer resbalar.

No tendríamos por qué deslizarnos por la pendiente pero, en según qué épocas del año, si las rocas están además húmedas o ha helado, la cosa puede ser muy diferente.

Al llegar al pequeño collado que separa las dos cumbres de la montaña, la cima principal queda a mi derecha; justo acariciada ahora por el sol. Y en tan solo unos pasos, la alcanzo para encontrarme unas vistas que he ansiado contemplar desde que inicié este pequeño proyecto de los «Cervinos españoles».

Soy muy consciente que el Embalse de Riaño supuso un desastre ambiental y cultural para media docena de pueblos que quedaron ahogados bajo sus aguas. Que el valle ya era increíblemente hermoso antes que lo anegaran las aguas de una obra hidráulica cuyos beneficios están aún hoy muy cuestionados… Pero no puedo dejar de maravillarme por la imponente belleza de este lugar donde se mezclan los colores del cielo, la roca, la vegetación y el agua. Donde sopla una brisa que atrae el canto de las aves y las montañas que me rodean me miran altivas, desafiantes pero, al tiempo, con un extraño cariño inmaterial… sabedoras del respeto y el amor que les profeso.

Permanezco por media hora en la pequeña cumbre. Completamente solo. Disfrutando la sensación…

Quizás no tenía claro llegar cuando empecé mi camino, pero sería una más de tantas otras veces en que he tenido esos pensamientos y siempre los he dejado a un lado para llegar hasta arriba. Tengo en la mochila el segundo de los «tres Cervinos» que me había propuesto, y el tercero llegará también cuando se den las condiciones.

Pero, ojo, no se trata simplemente de una acumulación de cumbres y objetivos. Sino más bien de experiencias. De recuerdos que alimenten la memoria y el alma para los tiempos que habrán de venir.

Al final he disfrutado mucho. Esperaba algo así en mi última «excursión», en La Hastiala de la Sierra de Francia, pero las circunstancias y una mala planificación me privaron de gozar aquella montaña. Hoy es muy distinto, y me alegro de llevarme así esta sensación; más aún tras el cambio de planes de ayer y de no haberlo podido compartir con mi habitual compañero de cordada, Gonzalo.

Creo que tras llegar hasta aquí, tras estar en este precioso lugar a solas… puedo empezar mi nuevo camino de otro modo. Con cierta nostalgia, si; pero también con ganas de afrontar una nueva aventura vital. El mundo ha cambiado en estos meses… y todos, de un modo u otro, lo hemos hecho con él; debemos afrontarlo con idéntico valor que demostramos al escalar.

Aunque mucho se ha ido, queda mucho,
y aunque ya no seamos esa fuerza
que en los días pasados sacudió
cielos y tierra, esto que somos, somos:
un mismo ardor de heroicos corazones
menguado por el tiempo y el destino
pero determinado a combatir,
a buscar y encontrar, y no rendirse.

Veo tras de mi la cresta que da acceso a la Peña de los Serrones (1.599 m.) o a la que me bajaría de nuevo a las praderas junto al bosque y por donde en unas horas subirá mi amigo Álvaro con sus alumnos Guías de Alta Montaña. Cualquiera de esos caminos son factibles para bajar con el equipamiento adecuado; pero por hoy yo he tenido suficiente. Solo quiero volver a casa y preparar otro viaje… uno que me llevará a una nueva casa y, ahora puede que si, quiero creer, a un nuevo hogar. Donde me espera mi familia querida…

El descenso resulta ser mucho más sencillo de lo que esperaba cuando subía con dificultades hace un rato. Lo cual resulta tremendamente liberador de cualquier tipo de presión que me hubiera atenazado anteriormente.

Frente a mi, hacia el este, constante e inmutable en el horizonte… el Espigüete me observa descender.

«No te preocupes«, le digo, «no importa lo lejos que me vaya; más pronto que tarde también subiré a hacerte una visita.»

Y mis palabras se las lleva el viento…

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