El Pico San Vicente (913 m.), también conocido con el nombre de Peña de Rozas, es, a pesar de su modesta altitud, una de las cimas más escarpadas de Cantabria; con un paisaje digno de la alta montaña. Ubicado en el Macizo de Hornijo, se le ha llegado incluso a otorgar el apelativo de El Cervino Cántabro debido a su piramidal figura contemplada desde la cercana población de Ramales de la Victoria. Esta incrustada en una sierra con elevaciones bastante superiores, pero aun así, su impresionante cara este (de más de 800m. sobre el río Gándara) y su espectacular aspecto puntiagudo, le otorgan un atractivo especial para el montañero.

Hay que advertir que es una montaña de alta siniestralidad, siendo la que mayor cantidad de siniestros registra de todo el oriente de Cantabria. Ello es debido a que está sentado sobre un intrincado y traicionero Karst. Los lapiaces y sus grietas nos acompañan durante la mayor parte del recorrido y es fácil meter la “pata” en alguna de ellas; por lo que, para evitar cortes, torceduras o algo peor… conviene mantener siempre la atención sobre el terreno.

Existe una actividad que puede realizarse una vez llegados a la cumbre que es la travesía desde el Pico San Vicente hasta el Hoyufresnu (1.056 m.), pasando por el Piquete (917 m.). Sin embargo este recorrido esta lleno de «trampas» en forma de cortantes grietas cubiertas por la vegetación, que la ganadería «en retroceso» de la zona ya no limpia. Por tanto, extendamos o no el camino hasta el Pico de la Tobazona (1.039 m.), conviene llevar un buen calzado para realizar todo el recorrido y prestar aún más atención que antes a donde se pisa; lo que provocará que avanzar por estas garmas sea muy lento para reducir, solo en parte, el peligro.

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Localización: Manzaneda (Barrio de Rozas)

Tipo de Ruta: Montañismo

Longitud: 4 kilómetros, ida y vuelta (aproximadamente)

Duración: 2 horas

Época recomendada: Verano

Dificultad MIDE:  →

Equipación mínima: Bastones (2), mochila, botas de trekking y agua. (más info…)

Ruta GPS: Pico San Vicente

Recomendaciones:

  • No hay agua potable en el recorrido, así que conviene llevar al menos 1l. de agua en la mochila.
  • Conviene llevar pantalones largos, aún en verano, y botas que cubran parte del tobillo. Esto reducirá la posibilidad de torceduras y cortes.
  • Usar bastones para tantear el terreno y apoyarnos siempre que sea posible. Precaución en la cumbre ante una caída al vacío.
  • No se recomienda transitar estos picos con baja visibilidad.

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Este verano he realizado varias rutas de alta montaña. Casi más actividades que el resto de este año extraño que tardaré en olvidar.

Sin embargo, a pesar de cada cumbre alcanzada y cada belleza contemplada, escalar en Cantabria… en esa «tierruca» de mis amores, siempre tiene algo especial. Algo que, por pequeña que resulte la montaña, siempre me atrae por encima de otras de mayor entidad. Quizás sea el embrujo que ejercen sobre mi sus amplias praderas de un intenso verde que se pierde hasta el horizonte.

O quizás sea el aroma del cercano Mar Cantábrico…

Lo desconozco.

El caso es que dejo aparcado mi coche junto a la casa rural El Paraíso del Yayo con los primeros rayos del sol abriéndose paso en el cielo y, al tiempo que unos curiosos perretes vienen a ver quien los despierta a estas horas tan tempranas, respiro este aire que me llena de vida y me aproximo a la cercana Casa del Lirón; en uno de cuyos laterales parte la ruta directa hacia el Pico San Vicente.

No confundir con el que desciende hasta Ramales.

Me adentro en la arboleda que puebla toda la parte norte de esta diminuta barriada por una trocha que no presenta pérdida. En ocasiones encontraré hitos, y en otras unas pequeñas marcas de pintura roja.

Además, no habiendo otros caminos posibles, lo único que en esta ocasión hay que hacer es disfrutar del camino.

Apenas me es necesario el frontal que he traído por si acaso. Enseguida clarea lo suficiente como para ver mi objetivo entre los árboles cada vez más escasos. El ascenso es relativamente cómodo, siendo la única dificultad la humedad que empieza a hacerme sudar en cuanto desaparece el frescor de las últimas horas nocturnas.

A media ladera me topo con algo que me llama la atención, una superficie de terreno cubierta de un plástico que parece utilizarse para redirigir todo el agua de la lluvia para que caiga en él hacia un bebedero para el ganado.

Curioso

Con la única compañía del mugido de algunas vacas que empiezan a pastar en la lejanía, giro a la derecha para abandonar el terrenos herbáceo y penetrar en uno más rocoso.

Resulta todavía cómodo y al no tratarse de unas rocas inestables, progreso bien. Tan solo en un punto de esta larga garma tengo que usar las manos para equilibrarme. Parece que no, pero para ascender esta pequeña montaña superamos un desnivel de casi 800 metros en muy poca distancia, por lo que la sensación de verticalidad es importante. Y en este punto, aunque no haya mucho patio… si que da esa impresión.

Vuelvo a penetrar por una pequeña zona donde algunos árboles se han hecho fuertes, pero enseguida salgo hasta la parte alta del inmenso lapiaz. Desde aquí, cualquier paso entraña peligro. Peligro de torcedura o incluso de caída. Así que avanzo con seguridad, extremando las precauciones.

A mi derecha una caída libre de casi un kilómetro. Aunque en ningún momento me acerco hasta ese borde, reconozco que me intranquiliza…

Hago equilibrios sobre las rocas para encontrar la pisada más adecuada en mi devenir.

El sol ya calienta y veo algunas brumas que se levantan sin consecuencias en los valles.

Llego así a esta preciosa a la par que pequeña cumbre y disfruto de mi momento de victoria sintiendo como la brisa del norte seca mi sudor.

Junto a la pequeña roca que marca la cumbre, veo el homenaje en hierro a la Fiesta de la Amistad Vizcaíno-Montañesa que se encuentra aquí desde el año 67. No se muy bien qué pinta este recuerdo vasco aquí, en Cantabria, pero no deja de ser una pieza bonita.

Hacia el Sur y el Oeste contemplo el resto de la Sierra del Hornijo, los molinos cercanos al Portillo de la Sía, y poco más a la derecha el Castro Valnera (1.718 m.) y el radar militar situado en lo alto del Picón del Fraile (1.632 m.).

Hacia el Norte y el Este, la Ermita de Nta. Sra. de las Nieves y Ramales de la Victoria y la Ría de Treto en el valle; con Laredo, Santoña… y el mar en el horizonte.

Solo aquí obtengo estas vistas. Y las disfruto como un niño.

Tras comer algo de fruta, empiezo a descender, prestando aún más atención a la vía de bajada. Desde arriba el camino no parece tan claro, y he hecho bien memorizando puntos de referencia.

Mientras bajo, pienso que este monte no entraba dentro de mi pequeño proyecto de «Cervinos» españoles. Y, finalmente, no resulta tan expuesto como alguno de estos tres. Pero me da mucho gusto haber encontrado uno en mi tierruca; muy cerca de sitios tan mágicos como la Cueva de Covalanas. Hogar de hispanos prehistóricos.

Cuando dejo atrás estos verdes prados tan solo me resta echar una vez más la mirada atrás para terminar de enamorarme de este entorno… antes de volver a casa para irme a la playa con mis otros amores.

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